“Para que tengan Vida” – Corpus Christi 2018

Texto de la homilía de Monseñor Eduardo García que pronunció durante la Misa de la Fiesta de Corpus Christi.

No hay pueblo sin memoria. Un pueblo que olvida su pasado, sus raíces, no tiene futuro. Es un pueblo seco.

No existe asociación, grupo o vida alguna que pueda permanecer sin su memoria. Si buscamos rectificar, o dar un nuevo rumbo, no podemos eludir la memoria, ya que forma parte de nuestra conciencia; sin ella no tienen cabida los análisis, los proyectos, los cambios…sin ella no existe el futuro. Lo dijo el papa a los jóvenes en Rosario la semana pasada usando el poema de Bernárdez, “lo que tiene el árbol de florecido vive de lo que tiene sepultado”.

Y la historia del pueblo de Dios es testigo de esto, somos parte de un pueblo que tiene memoria; y nos reunimos en este día; justamente, para hacer memoria del camino «que Dios ha querido hacer con nosotros, su pueblo» y que no podemos ni queremos olvidar.

Y es el mismo Jesús quién nos llama a hacer memoria como pueblo. ¿Y memoria de qué? De un amor de Dios infinito que se hizo cargo de nuestra vida para que “tengamos vida”. Qué Padre verdadero acaso no quiere que sus hijos tengan vida, vida buena, vida abundante. Por eso Jesús, que es la memoria de Dios; que es memoria y memorial del amor tierno y salvador de Dios por su pueblo en el momento más grande de su vida, nos ha entregado su cuerpo y su sangre y ha dicho: “Hagan esto en memoria mía”.

Ésta es la Invitación que la Iglesia recoge cada día y en cada misa. En cada eucaristía celebramos el amor salvador que Dios nos ofrece; “para que tengamos vida”.

Su cena de despedida, momento de profunda intensidad en medio de sus amigos, no lo hizo cualquier día, sino el día de la memoria de la liberación del pueblo judío, cuando la Vida se abrió paso por el mar Rojo. La Victoria de Dios y la liberación de los hombres van de la mano, porque Dios se hace cargo de la vida de sus hijos y no quiere que ninguno se pierda.

En boca de Jesús la liberación no es una palabra folklórica, de corte setentista, ni un discurso demagógico sin raíces. Jesús dio todo su ser por la liberación de los hombres y “pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos del mal”. Su liberación no fue una simple metáfora, sino que se fue amasando en su andar misericordioso y compasivo en medio de su pueblo sufriente; por donde Él pasaba la vida brotaba hecha salud, pan, consuelo, perdón y esperanza. Jesús es vida abundante que da vida, porque el Hijo de Dios no guarda la Vida: la comparte, la entrega, la confía. Libera de ataduras y egoísmos para que la vida crezca.

“Hagan esto en memoria mía”… Palabras claves y contundentes que no hablan solamente del pan que está partiendo y de la copa que da de beber sino de toda una vida que se gasta y desgasta en esa pasión abrasadora que tenía en su corazón, por la que tuvo sentido su vida y su muerte en el altar de la cruz: que tengan vida. No podemos separar su última cena de sus bienaventuranzas ni del mandamiento del amor, no podemos separar este momento en que su mano parte el pan, de la mano que cura, de la que bendice y acaricia; no podemos separar la mano que ofrece la copa de bendición a sus amigos de esa mano que tiende a los pecadores y que levanta al caído o al despreciado. Dios no nos tira a la cuneta, se hace cargo de nuestra vida, no porque no le quede más remedio, sino porque es un apasionado por nuestra vida y sencillamente no quiere.
Y porque nos quiere Jesús nos dice “Hagan esto en memoria mía”… partan y compartan el pan pero también todo lo que tienen y lo que son, en cada uno hay una riqueza que no se pueden guardar sin riesgo de empobrecer a otros. Beban del cáliz de la sangre que será más tarde derramada en la cruz para animarse a beber también de los buenos sentimientos de Jesús para derramarlos en tiempo y preocupación por los que están compartiendo la mesa de la vida siguen sedientos de alegría, de esperanza de un poco de cariño, de que alguien se preocupe por ellos.

“Hagan esto en memoria mía”… Tenemos que recuperar la memoria de todo lo que hizo y dijo Jesús, para no mutilar el evangelio, ni desfigurar nuestra vida cristiana, ni convertir la misa en un adorno piadoso en nuestro camino de fe o para tener todo en regla cuando en el cielo pasen lista.

“Hagan esto en memoria mía”…Cuando recibimos el encargo de Jesús de celebrar la Eucaristía en su memoria, nos está pidiendo que “vivamos su vida” que los hagamos presente, que a través de nosotros siga pasando y bendiciendo, haciendo el bien, liberando y dando vida.

Hagan nos dice, no se trata de ideas sino vida vivida desde el evangelio del amor generoso lleno de gestos, hoy y aquí, y cada uno con su vida a cuestas, como puede y como le sale; a andar sus pasos buscando las mil y una formas de dar vida a los demás. Y la vida, ni la nuestra ni la de los otros es abstracta, es bien concreta: dar vida es derramar la propia sangre enseñando con verdad, curando con entrega, gobernando con honestidad, alimentando donde haga falta, cuidando con ternura, ayudando a creer sin imponer ni juzgar

“Hagan esto en memoria mía”… latir con su preocupación por todo lo que a los hombres y a las mujeres los va matando en vida; esa preocupación es la que nos llevará, como a Jesús, a comprender qué hacer con nuestras manos y nuestro tiempo, para que el don de Dios se transforme en justicia, libertad, solidaridad, pan, vivienda, paz… La misa no se termina con la misa, sino que se hace verdadera con la misión; porque nada hay más transformador que la eucaristía cuando nos ayuda a salir del mundo de las buenas ideas o ideologías y de la declamación de prolijos dogmatismos para descubrir los rostros reales de los hombres y las mujeres por los que derramó su sangre Jesús. La comunión, cuando es verdadera, libera de los buenos deseos para meterse en la vida de cada día.

Y lamentablemente sabemos que lo cotidiano tiene signos de muerte, ya que se busca “la vida” a costa de la vida de los otros. Vivimos en un Mundo de vampiros donde se sobrevive a costa de la sangre de los otros y esto abarca desde las políticas internacionales y caseras que, para mantenerse en pie, le quitan la sangre especialmente a los más débiles, pasando por los vampiros que ofrecen un mundo ilusorio con la droga –cara y barata- que pretende ayudar a tirar un poco más y que termina con la vida y con el futuro de nuestro pueblo. ¡Y esto es muerte!. Tan muerte como la legalización del homicidio al que está esperando asomar a la vida. Que hipócrita es pensar que no existe aquí la pena de muerte. Que triste es creer que, “porque hay una ley” ya no hay asesinato y por lo tanto queda tranquila la conciencia.

“Hagan esto en memoria mía” yo me hice cargo de sus vidas, me quede en la eucaristía para que ustedes también se hagan cargo y que todos tengan vida…No habrá nunca paz, ni justicia ni bien común si un hermano levanta la mano contra su hermano, sobre todo si este es débil, vulnerable o indefenso.

“La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte” Papa Francisco –Gaudete et exsultate.

La Eucaristía nos empuja hacia el futuro y nos alimenta para el camino sosteniendo nuestra esperanza, porque nos sabemos limitados en nuestra pasión por luchar por la vida y la vida de nuestros hermanos amenazados de muerte de diversas formas.

“Hagan esto en memoria mía”… Aceptemos estas palabras como desafío y que la eucaristía que recibimos y compartimos logre que tengamos vida que valga la pena ser vivida porque da vida en abundancia.

+Monseñor Eduardo García
Obispo de San Justo

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