Misa de los Trabajadores 2018

Este viernes se llevó a cabo la Misa del Trabajador, presidida por Mons. Eduardo García, obispo de San Justo. A continuación, reproducimos la homilía:

En la celebración de la Eucaristía de este día nos unimos a todo el mundo trabajador de Argentina y del mundo, para celebrar el Día del Trabajo.
Festejamos el 1º de mayo celebrando a San José, el humilde obrero a quien Dios le confió lo más querido: su propio Hijo. José es el carpintero elegido por Dios para sostener la Sagrada Familia con el trabajo de sus manos y con la fuerza de su fe.
En aquella época muchos se escandalizaron de que el profeta anunciado fuera solamente el hijo del carpintero, ya que, desde siempre, la lógica humana tiende siempre a pensar que Dios llama a participar en su obra solamente a los importantes, a los poderosos, los de gran intelecto o de gran fortuna. Sin embargo, Dios elige un carpintero de un pueblito perdido en medio oriente. Y la fiesta de hoy testifica que Dios no se equivocó, ni quedó defraudado al confiar a un obrero esa gran responsabilidad. Jesús, el hijo de Dios, el nuevo profeta, compartió largos años del trabajo, el esfuerzo y el cansancio con José, su padre del corazón. El profeta de Nazareth trabaja y el trabajo se hace en sus manos profecía de la nueva creación.
El trabajo es el gran colaborador en la obra creadora de Dios y también el gran instrumento de realización personal y de encuentro humano solidario, para hacer una sociedad más justa al servicio del hombre y con la participación de todo el hombre y de todos los hombres y mujeres que habitan esta tierra.
Ni el trabajo ni el trabajador son extraños a la Iglesia, están en el centro mismo de su corazón, por eso la Iglesia no puede olvidar esta celebración. Como Iglesia sabemos el lento y doloroso camino que millones de trabajadores han venido recorriendo en busca de su dignidad; y en ese itinerario, sembrado de tantos obstáculos, ensangrentado en muchos momentos de la historia por víctimas cruelmente inmoladas –como lo recordamos, cada Primero de Mayo– en ese itinerario de progresiva liberación ha estado presente la Iglesia acompañando el camino, iluminando oscuridades, alimentando la esperanza, buscando amor y justicia.
Testigo de este camino fue el grito apasionado por la defensa del más precioso patrimonio de la Iglesia: la dignidad inviolable del hombre, que hace más de cien años lo expresó el Papa León XIII con la carta Encíclica Rerum Novarum y continuó Juan Pablo II en la Encíclica Laborem Exercens; de la cual el Papa Francisco hace, en este hoy de la Iglesia, su magisterio cotidiano. Son gritos por un trabajo digno, por el hombre que lo realiza y por derechos del trabajador; realidades siempre expuestas a ser profanadas.
Fiel a su maestro, la Iglesia mantiene en pie su denuncia contra los enemigos de esta dignidad: la voracidad insaciable del liberalismo económico y la servidumbre deshumanizante del consumismo que reducen al trabajador a un simple valor de medio o instrumento, puesto al servicio de fines económicos o políticos distintos de su misma persona. Denuncia, que es ponernos de cara a la escandalosa coexistencia del lujo y la miseria, el poder sin límites de anónimas minorías y la marginación de grandes mayorías; los abusos del poder político y económico, los atropellos groseros y sutiles al derecho a la vida, a la alimentación, a creer, a saber, a decir.
No acompañar y callar sería nuestro más grave pecado, porque sería dejar a nuestro pueblo sin su conciencia; y sin la voz de la conciencia, especialmente la conciencia social, perdemos el rumbo y caemos presos en las pequeñas encrucijadas de las conveniencias personales que atentan contra el bien común.
No somos el Indec para dar cifras, ni tampoco nos hacen falta para ver el drama angustioso que diariamente viven miles de hogares argentinos que, dentro de todos los derechos que les han sido quitados, muchos han perdido el derecho a comer. Y también para los que tienen la suerte de contar con un empleo, es humillante resignarse con salarios que no alcanzan a cubrir sus necesidades más elementales.
Nos preocupa la falta de fuentes de trabajo, nos inquieta el anuncio de medidas económicas, con las que el grueso de la clase trabajadora acusa la pérdida de conquistas trabajosamente adquiridas. Y si bien, no dudamos de la recta intención de quienes llevan adelante esas medidas, sin embargo, no podemos dejar de lado y obviar el impacto desmoralizador y su efecto deshumanizante.
No podemos desentendernos del grito silencioso de muchos de nuestros hermanos; sí, silencioso, porque nuestro pueblo tiene aguante; respetemos esa fortaleza, pero también tengamos cuidado del cansancio de los buenos.
Como siempre, vivimos tiempos de crisis, se buscan muchas formas de resolver los problemas económicos, pero ninguna es buena si no se escucha la voz de quienes las sufren, si no se los toma en cuenta, si no se invita a participar a todos los que habrán de poner el esfuerzo y sufrir las consecuencias. Sólo así la palabra de reclamo se trasformará en profecía de democracia verdadera, construida desde el esfuerzo común y solidario de todos.
Y eso lo pedimos desde el corazón del mismo Dios que nos llama a vivir con dignidad, y a seguir creyendo en el valor humanizador del trabajo digno. Por eso, no podemos dejar de denunciar la economía y el estado paralelo que produce la droga en nuestra sociedad y en nuestros barrios más vulnerables. Hoy los nuevos terratenientes y empresarios de guante blanco son los Narco; ellos son los nuevos patrones que manejan nuestras barriadas a gusto y placer, que dan beneficios o castigan, que incluyen o excluyen del sistema, que dan trabajo y salud a costa de la vida. Si el estado, desde sus diversas vertientes y una economía que atienda a los más débiles no se hacen presente, la droga y sus mortales consecuencias ocupa su lugar. Roguemos para que en nuestra patria no sucumba a la tentación de seguir el ejemplo de aquellos lugares donde economía, estado y droga caminan de la mano.
Denuncia desde el dolor, con la esperanza puesta en el amor. Nuestra realidad requiere no sólo regulaciones, sino alternativas con parámetros más hondos y humanos. Si la justicia social nos urge, nos urge primero el amor que le da calidad y verdad; y el amor nos hace servir al hombre y no servirnos de los hombres. Necesitamos comprometernos desde el amor y la justicia para reconstruir nuestro tejido social, nuestra economía y el trabajo sobre bases sólidas. Necesitamos someter y coordinar el crecimiento económico a las exigencias del progreso auténtico del hombre y de la solidaridad social; pero necesitamos hacerlo rápido, ya que pasamos por la tierra sólo una vez. No nos resignemos a que un sector de nuestro pueblo, u otra generación tengan que pasar con angustiosa impotencia su única oportunidad de vivir dignamente.

27 de abril 2018
Mons. Eduardo García
Obispo de San Justo

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