¡Que todos sean uno! Mensaje de Corpus Christi.

6 de junio de 2015, San Justo.

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Es común escuchar o decir aquella afirmación bíblica que no sólo de pan vive el hombre. Sin embargo, diariamente somos testigos de que los hombres nos hemos empeñado en vivir sólo de pan. Siendo esta búsqueda algo bueno y justo, en los resultados no se ve la verdadera justicia. En las mismas calles llenas de carteles y de vidrieras, ofreciendo los exponentes más tentadores de la sociedad de consumo hay cientos de manos extendidas de chicos que cambiaron el juego o la escuela para vivir lastimosamente pidiendo.

Buscando el propio “pan” nos hemos encerrado en un egoísmo que llevan al hambre y a la muerte. Millones de personas, miran asombradas como otros millones viven magníficamente, fruto de un sistema mentiroso que, mientras se preocupa de sistemas económicos y curvas de oferta y demanda, no se hace cargo de los millones de hombres que viven excluidos, víctimas de la ambición de pan.

Y todo esto porque el hombre busca sólo y por encima de todo, no el “pan nuestro” sino “el pan propio”, acaparándolo y olvidando aquello que lo coloca en su auténtico lugar, y le da su verdadero sentido.

Si hay palabras que corrompen la búsqueda del pan, hay una palabra que lo libera de toda esclavitud: La Palabra de Jesús. El evangelio nos ubica en la última cena de Jesús con los suyos. La palabra que da el marco general de aquella noche es: “habiendo amado a los suyos los amó hasta el fin”. Sus

palabras sobre el pan y sobre la copa, expresan la dimensión de lo que quería hacer en la cruz: entregarse por los suyos, por todos los hombres, por el mundo, con un amor sin medida para que sean uno.

Su muerte no pretendió ser una muerte sin sentido y ejemplificadora, ni un asesinato horrible e injusto que cause estupor. Entregará su vida para que los hombres comprendamos que solamente desde el amor hay futuro.

Por la fe y desde la Eucaristía nos unimos a este misterio de la vida de Cristo; misterio de Amor, del Dios mismo que se nos entrega a nosotros en la forma más sencilla: su Hijo y desde él, en un poco de pan y un poco de vino. No es el ritualismo lo que da veracidad a la densidad de la Eucaristía, sino el nuevo sacrificio, fruto del amor.

Aquella noche, como cabeza de familia pronuncia la bendición, parte el pan sin levadura, ese pan que recuerda el “pan de aflicción”, el pan de Egipto; pero lo entrega en una nueva clave: allí, en sus propias manosse concentra la intensidad de su vida misma antes que llegue su Pascua. Él es el pan que se ha partido y entregado. Parte el pan y lo entrega para que los suyos no sólo lo recuerden sino que lo hagan presente partiéndose en y entregándose.

Después de la cena, marcada por sus profundos sentimientos, levanta la “copa de la bendición”, da gracias por la Pascua celebrada y pasándola anticipa la nueva y definitiva Alianza sellada entre Dios y la humanidad.

Es mi sangre, dice el Señor.Es la entrega de su sangre como sangre personal, para una alianza personal que toca a todos y a cada uno de los hombres.

Es lo de siempre, pero nuevo en las manos de Jesús. Los discípulos seguramente quedaron sorprendidos. Jesús quería que fueran uno, no eran sólo palabras bonitas. Jesús les prometió quedarse para siempre y no era el consuelo ante el momento que deberían atravesar horas más tarde. Era una verdad que corroborará con sus gestos. No brindarán cada uno con su copa, Jesús los invita a beber de su propia copa. Todos comparten la copa de bendición, bendecida por él.Lo que une y unirá para siempre a los discípulos, ya no es la sangre de los animales sacrificados, es el vino nuevo de la sangre “derramada… por todos los hombres para el perdón de los pecados”, para una nueva humanidad reconciliada en el amor, de una vez por todas y para todos. Sólo la sangre derramada, la vida derramada, se hace Vida para todos.

Su palabra es absoluta:”Es mi cuerpo… es mi sangre”, es la afirmación contundente. No nos deja algo, se queda él mismo para ser lugar de encuentro, alimento vivo, real; es “hoy y aquí” comunión con el Resucitado, con su misma

No es un gesto piadoso e intimista, es el fundamento de una novedad radical en el modo de vivir de los hombres y de relacionarnos con Dios: lo que nos liga y une es el amor.

Nonos redime mágicamente ni su muerte ni su sangre sino, lo que ésta muerte y ésta sangre significan: la entrega perfecta por amor al Padre para que todos sean uno y el mundo crea, ahora hechas carne en sus discípulos. Jesús en ese gesto recoge y entrega como herencia viva todo lo que Él ha hecho: romper el pan de su vida hasta la muerte. Compartir con la gente su pan, su vida, su fe en el reino del Padre.

Celebrar la Eucaristía es comulgar con la pasión desbordante de entrega al proyecto del reino.Igual que en aquella noche en el pan y el vino entregados, en cada misa está la presencia de una vida vivida como don, entregada y rota por todos, que obliga necesariamente a tomar parte en ella.

Jesús nos dice: “hagan esto en memoria mía”. No nos dice “mediten”, “escriban”, reflexionen”, “hagan simposios”, sino sencillamente:“hagan”. La Eucaristía es como una transfusión de la sangre, de la vida, del espíritu de Cristo para entrar así en su misión y en su causa.

Al celebrar hoy la festividad del Corpus, adoramos el cuerpo y la sangre de Jesús y el gesto de Jesús de ofrecerlos por la unidad de su pueblo santo.

Adoración activa, que nos mueve a celebrar el “culto del Dios vivo”, en la entrega generosa, para que hoy, este mundo concreto, este país concreto, esta comunidad concreta, sean signos del Jesús que camina por la historia haciendo nuevas todas las cosas.

Necesitamos que la hostia que hoy adoramos en la custodia sea la expresión de nuestra vida entregada en la custodia cotidiana del hermano, del trabajo, de la familia, del estudio, de la profesión, del arte, de la política.

Culto y celebración cristiana van unidos siempre, a la justicia, al amor y a la fraternidad. Si no nos duele el hambre, si no nos lastima la división, si no nos apasiona la justicia y el evangelio sin vueltas, si nos replegamos en funcionalismos, si no apostamos al futuro desde el hoy generoso, si esquivamos el compromiso y vamos dejando que la vida pase, vaciamos de contenido y de verdad nuestra participación en la celebración de la Eucaristía. Comulgamos no con algo sino con Alguien: Jesús de Nazaret, pan bueno de Dios que se partió y se entregó en la lucha para que este mundo sea Reino.

Por eso la misa no se termina con la misa, sino con la misión. No somos cristianos para ir a misa. La Eucaristía no sólo es la expresión de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestra caridad, es por sobre todo y siempre una exigencia para vivir y hacer eficaz nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. La misa queda inconclusa si no se hace misión.

Que todos seamos uno, porque creemos en el mismo Dios: en el Dios rico en misericordia que nos ama infinitamente. Porque todos rezamos lo mismo: que se haga tu voluntad, danos a todos el pan de cada día, y porque buscamos lo mismo: partir y compartir nuestra vida, para dar vida.

+ Mons. Eduardo García,
Obispo de San Justo.

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