Un Misionero en Angola

Entrevista al Padre Dante De Sanzzi. 

Padre Dante

Cada persona, sin distinción alguna de profesión, clase social, raza o estatus tiene una historia de vida única. Por eso, en la Pastoral Universitaria de la diócesis de San Justo, decidimos difundir las obras de distintos laicos y consagrados que son un ejemplo a seguir. En esta oportunidad, nos contactamos con el Padre Dante De Sanzzi para que nos cuente sobre su misión en Angola.

El Padre Dante fue Párroco de tres parroquias ubicadas en las localidades de Virrey del Pino, Rafael Castillo y Villa Constructora. Asimismo, también fue Formador en el Seminario Menor y el Seminario Mayor de la diócesis de San Justo. En la actualidad, es el Vicario de la Catedral de los Santos Justo y Pastor mientras se prepara para regresar a su Misión en Angola.

La cita es a las 16:00 hs, en la Catedral de los Santos Justo y Pastor. El Padre nos recibe y se prepara para todas las preguntas, no sin antes contar que se “recortó” el pelo y la barba porque íbamos a visitarlo. Luego de las risas, la charla comienza con el ya tradicional:

Padre, ¿por qué Angola?

– Angola es un país de África. Fui a hacer una experiencia porque siempre me apasionó la Misión AD GENTES.

¿Qué significa eso?

– “Ad gentes” es una palabra latina que quiere decir “hacia la gente”, es decir: salir de mí mismo, más allá de mi frontera.

Siempre desde chiquito me gustó el ir a ayudar a otros pueblos. Leía sobre la cultura en África, Asia, Oceanía. Es algo distinto. Inclusive en Latinoamérica o en nuestro país. Por ejemplo, misioné mucho en el norte.

¿Cuál es la realidad de Angola?, ¿por qué es necesaria la presencia de los misioneros allá?

– Angola es un país que tuvo 35 años de guerra donde murieron aproximadamente 4 millones de angoleños. De ellos, la mitad eran chicos menores de 14 años. Muchos perecieron por las armas de fuego, otros por la malaria, el sida, porque los mataban o porque los atropellaba algún vehículo… es una realidad terrible dónde las personas padecen hambre, enfermedades y no tienen recursos mínimos e indispensables como el agua potable. Por supuesto, tampoco tienen electricidad ni ningún otro servicio como los que para nosotros son imprescindibles.

¿Cómo es la vida de un angoleño?

– Como decía, viven en una realidad de extrema pobreza. La gran mayoría vive en chozas de paja y adobe. En muy pocas aldeas llega la luz eléctrica. Luanda, que es la capital de Angola es la única ciudad que tiene una estructura similar a las que nosotros conocemos en Argentina. Su idioma oficial es el Portugués pero, muy pocos lo hablan. Allá existen muchísimas aldeas que, en su mayoría, están divididas por los dialectos que usan. Para que tengan una idea, en Angola existen 103 dialectos!. Demás está aclarar que entre ellos no hay una comunicación fluída y por este motivo, frecuentemente se manejan por lenguaje de señas. Una curiosidad que me llamó la atención es que no tienen señales de tránsito. Mucho menos existen los semáforos. Es por eso que hay muchos accidentes. La edad promedio de los hombres y mujeres oscila entre los 35 y 40 años.

¿Usted está sólo o está acompañado por un grupo de misioneros?

– Allá hay otros sacerdotes y laicos de distintos países. Fui a una misión donde había una religiosa brasileña y un sacerdote italiano. Compartía con ellos, aunque de día prácticamente no nos veíamos. Nos juntábamos a la noche de nuevo a charlar un poco pero yo fui a compartir con los angoleños. Es cierto que somos pocos pero, hay una Iglesia que lo hace.

En la aldea que usted misiona, ¿hay representantes de otras creencias?

– Yo estoy en Mussende, una ciudad que pertenece a la Diócesis de Kuanza. Allí hay 600.000 habitantes, aproximadamente. A su vez, esta ciudad está dividida en muchas aldeas. En la que misiono, hay evangelistas que trabajan muy bien. Yo me hice amigo de un médico evangelista que estaba allá. Él compartía con nosotros. Aunque también he tenido contacto con un musulmán que trabajaba muy bien con la gente de la calle brindándole asistencia. Él también compartió con nosotros y yo compartí con él. Cada uno practicaba su credo, la misma Fe, el mismo Señor. Pero hicimos trabajos conjuntos muy lindos. Porque todos estábamos ahí por una misión, un ideal. Fuimos enviados por Dios, cada uno desde su lugar, para asistir a esta gente. Y lo hemos hecho de la mejor manera. Hemos cometido errores propios de la torpeza de una primera experiencia en un continente así, pero entregamos la vida.


¿Cómo organizan la misión? ¿cómo la desarrollan?

– Lo primero es la evangelización desde la educación. Damos clases de portugués, vamos a buscar un poco de leche a la tarde. Los chicos están descalzos porque no tienen para calzarse. Se empezó a trabajar el tema del pan casero. Empezamos a enseñarles a las familias cómo hacer el fuego con la leña. Cómo secar la leña que está húmeda. Hacer el fuego, ir a comprar harina de Mandioca. Amasar y hacer un pan que no es muy rico, pero que nutre. Eso se lo enseñamos a las mamás para que ellas alimenten a sus hijos. Así, esos chicos tienen la cabeza un poquitito abierta para que al otro día, cuando van al Centro de Alfabetización, puedan escuchar dos horitas de clase que les damos de catequesis, y los formamos para bautizarlos. También les enseñamos a buscar la leña, jugamos a la pelota, mientras las chicas juegan a saltar la soga, la rayuela… Para que se den una idea, en Angola recién se empieza a conocer el balero, cosa que acá es algo de la época de mi abuelo. Mientras acá están todos con la computadora, allá todavía es todo muy nuevo y estas cosas todavía no se conocen.

¿Cuáles son las mayores necesidades que tienen los angoleños?

– Estos chicos no saben leer ni escribir y están mal alimentados. Muchísimas veces no podemos darles de comer porque no tenemos nada. Yo compartía el dolor y el hambre con ellos. Si comíamos, comíamos todos juntos un trozo de pan y un poco de Mandioca que para nuestro paladar no es algo rico, pero para ellos es un manjar. Es el hecho de compartir con ellos, hacerse carne con el dolor. Esa es mi experiencia en Angola, tan buena, tan fuerte y tan linda que, si Dios quiere, estoy para volver. Para compartir con ellos de nuevo lo que yo les pueda dar desde mi Fe.

Más allá de las necesidades materiales, ¿qué otras carencias tienen los niños?

– Sobre todo, allá los chicos no tienen afecto. Así que vamos a compartir con ellos y además los educamos. Es muy importante el contacto. Ellos juegan y pasan tiempo con nosotros… se extrañan, por ejemplo, de que yo tenga barba porque allá los hombres no la tienen. A las seis de la tarde, que es cuando oscurece, mandan a los chicos a dormir. Entonces, con el permiso de los padres, la tarea del misionero es acompañar a los chicos hasta las nueve de la noche. Y estamos bajo las estrellas y alumbrados por la luz de la luna nada más. Es una realidad muy triste… Pero nos sentamos a charlar, a predicar un poco más el evangelio, les hablo de Jesús, de María, de San José, de los niños santos.

La figura de los niños santos debe ser muy llamativa para ellos, ¿no?

– Algunos misioneros italianos de la orden salesiana, que fueron hace 20 años, llevaron una imagen de Don Bosco. Ellos les empezaron a mostrar a los chicos la figura de Domingo Savio, un niño santo de los salesianos. Entonces yo llevé la figura de Ceferino Namuncurá, un jovencito argentino de Río Negro pero que su papá era fueguino, el Cacique Namuncurá. Este chico murió a los 18 años y es Beato. Entonces, yo llevé la imagen de un Beato argentino y les hablo sobre él. Y a ellos les interesa.

Ya que estamos hablando del tema espiritual, ¿Cómo es una misa en Angola?

– Es distinta a las de acá. Por empezar, el calor (la temperatura oscila entre los 42°C de día y los 20°C de noche) hace que la primera misa se celebre a las 6:30 a.m. Eso sí, vienen alrededor de 100 personas todos los días. Y los Domingos, a la misma hora, vienen más de 1000 angoleños. De los cuales, 200 son chicos. Niños que se sientan en el piso, porque no hay sillas, a escuchar las enseñanzas que da el padre. En la otra misa, la de las 8:00 am, por lo general, asisten unos 500 jóvenes. Ahí se mezclan los chicos también. Ellos quieren subir al altar, uno que no es como lo que nosotros conocemos acá sino, un tronco de árbol; una mesa común para celebrar la eucaristía y si hay una silla, esa silla se la dejaban al sacerdote que preside la ceremonia. Ellos permanecen de pie las 2 o 3 horas que dura la misa por los cantos. Y ellos están de pie, eh. Viven la ceremonia de una manera muy especial.

Debe ser muy conmovedor vivir una celebración allá. ¡Qué lindo que tantos chicos quieran participar!

– Por supuesto. Claro que también eso me sale un poco caro ya que, con las pocas monedas que puedo llegar a conseguir, cuando paso por el único quiosco que hay en la Aldea, tengo que ir a comprar caramelos para ellos porque, si el padre blanco no se los lleva, me matan jajaja.


Si bien usted fue a misionar a una aldea donde hay adultos y jóvenes, menciona a los niños constantemente. ¿Cómo es la vida de un chico angoleño?

Dante de Sanzzi 01– Los chicos están en cuero, descalzos y sucios. Ellos caminan con la mamá, alrededor de 7 u 8 kilómetros por día para buscar un balde con agua que les sirve a la noche para poder lavarse los pies, que les quedaron sucios por la tierra y el calor. Además, separan un poco de esa agua para hervir algo de arroz, y otro poco para lavar la ropa. A veces, yo voy al arroyo a buscar agua con ellos. Es todo un proceso en que terminas medio muerto a la noche.

Sabíamos que la realidad es muy dura allá pero no nos imaginamos que lo fuera así. A partir de lo que nos cuenta podemos deducir que no existen mínimas condiciones sanitarias. ¿cómo afrontan las enfermedades?

– Allá no hay esperanza. La gente se enferma y muere. No hay remedios. Un suero es un lujo para los enfermeros. Los llevan a un hospital para que no mueran “afuera”. Las madres con 7, 8, 9 hijos tratan de regalarte alguno para que te lo lleves de esa realidad. Lo único que nosotros podemos hacer es ayudarlos, con nuestra presencia, a que mueran dignamente. Les preguntamos a los familiares si saben qué es el Bautismo y si quieren que los chicos lo reciban. Entonces los bautizamos ahí antes de que ellos mueran. Por lo menos fallecen bautizados.

Hace unos instantes mencionó a consagrados y laicos que se ocupan de los necesitados en África. Ahora, ¿cómo está la situación en Argentina?

– Hay mucha gente que lo hace. Antes de ir a Angola tuve la experiencia de ir a Chaco, al Impenetrable. Es terrible porque ahí la gente no tiene ropa, tienen muchos mosquitos, no tienen comida, no tienen luz, la luz es la luz natural. La asistencia al carenciado es una realidad que existe, gracias a Dios. Lo que sucede es que la brinda mucha gente anónima. Por este motivo no se da a conocer, no se difunde. Sale a la luz lo oscuro. Por eso existen estos cuestionamientos como ¿la Iglesia por qué no se ocupa? Se ocupa, lo que sucede es que no se divulga masivamente porque son cosas que no “venden” a la sociedad. Desde que vine de Angola el año pasado, me llamaron de algunos programas y la gente se prendió.

¿Qué opinión le merecen aquellos que dicen que la Iglesia es una institución burguesa que no se encarga de los desfavorecidos?

– Me da mucha pena la opinión que tienen algunas personas que acusan a la Iglesia de no ocuparse de la gente pobre. Me gustaría tener un poco más de fuerza, medios y posibilidad para llegar a todos y decirles que no es tan así. Siempre consideré que el mejor testimonio es la vida de uno más que las palabras. Y hay mucha gente que con la vida, está haciendo cosas. A mi me parece que estas cosas, como dije en un principio, no salen a la luz. Hay quienes dicen que no se dan a conocer. Sucede que se difunden en tanto y en cuanto haya medios para hacerlo. Ojalá hubiera programas periodísticos que nos llamasen. En estos días estuve viendo a sacerdotes de la Arquidiócesis de Buenos Aires que trabajan en la pastoral villera. Hay que estar en esa pastoral. Hay que estar. Muchos los discriminan. Uno es amigo mío y yo sé que trabaja muy bien. Y él está en la realidad del Paco, de la cocaína, del hambre, del robo, de la inseguridad, de los violentos… y son tres curas, dos religiosas y un laico también.

¿Qué les aconsejaría a estas personas?

– Me gustaría decirles que salgan y vean. Hay que tener un poco más de agallas para darse cuenta de que hay gente que hace las cosas y las hace bien. Sería lindo que, si la gente se interesa en el trabajo con los más carenciados, busque testimonios, porque los hay. Por eso, yo invito a los que dudan a que se abran un poquito más, que vayan a un barrio un poquito más pobre, que traten de abrir un poquito más el panorama, que busquen testimonios buenos. Hay muchos santos contemporáneos como San Alberto Hurtado (un sacerdote chileno), Pier Giorgio Frassati, Teresa de los Andes… Tenemos muchos ejemplos. Que vayan y se metan, porque hay mucha gente que hace cosas por los demás. En nuestro país, en general, hay mucha necesidad de formación. La gente no está formada religiosamente. Los documentos de los Papas, los santos… ¡San Agustín!, hoy está muy vigente. Leés La Ciudad de Dios y decís, ¡¡¡este Santo debería estar vivo!!!

Por último Padre, nos gustaría preguntarle por la actual situación de la Iglesia que es juzgada por cuestiones de público conocimiento.

– Es cierto que la iglesia cometió errores y en algunos casos horrores. Pero me quedo con San Agustín que habla de una sociedad humana con poderes divinos. Yo siento mucho el poder de Dios en la Iglesia. El hombre es así, por eso la Iglesia es Santa y Pecadora. Pedro negó tres veces a Jesús. Judas lo traicionó… y los demás ¿dónde estaban? Y sin embargo con eso, Jesús fundó la Iglesia. Después aparece Pablo, el primer misionero que va por el mundo… era un hombre muy celoso de Dios pero, con la Iglesia que nacía no quería saber nada. Esos son ejemplos que tenemos para ver que el hombre tiene sus errores. ¡¡¡El Señor las deja pasar pero, después pide cuentas!!! ¡Dios nos mide a cada uno por nuestras obras!

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