TALLER BÍBLICO: Palestina en Tiempo de Jesús

Cómo era el contexto de la tierra donde vivía Jesús.

 

Palestina: Tierra de promesas.

Palestina

PRIMEROS ASENTAMIENTOS: Hoy ya está bastante claro que el ser humano como tal inició sus andanzas en el continente africano. Es por lo tanto fácil de suponer que los flujos migratorios no tardaron en acercar a los primeros humanos a la ribera del río Jordán. En concreto, los restos más antiguos de los que se tiene constancia en esta zona están datados alrededor del 60.000 AC, y fueron encontrados al sur del lago Tiberiades. Poco a poco, las tribus nómadas se fueron asentando y fueron los cananeos los primeros a los que se supone crear una civilización estable, en torno al 3000 AC. Se supone, asimismo, que fueron los cananeos los fundadores de Jerusalén (Ourousalim), que aparece en escritos desde el siglo XXI AC. Por esta época, y desde el este, empiezan a llegar otras tribus, como los filisteos, una tribu aria procedente de Creta, que fueron los que denominaron Palestina (Philístina) a esta zona. Pero también llegaron unas tribus diferentes, las hebreas, probablemente desde el sur del Cáucaso. Eran diferentes por muchas razones, pero la principal, la que englobaba casi todas sus particularidades, es que era la primera que creía en una religión monoteísta, en un dios único, lo cual reforzaba el nexo entre todas las ramas que las componía.

LA LLEGADA DE LOS HEBREOS: Tras unos siglos de disputas con Egipto (Palestina llegó a ser un protectorado egipcio durante más de tres siglos), los pueblos hebreos vuelven a asentarse en Palestina tras combatir a caananitas y filisteos. Pese al establecimiento, los pueblos hebreos estaban divididos en doce tribus semiindependientes que sólo se unían en tiempos de guerra bajo el mandato de un único juez. Y fue así hasta la llegada de la monarquía.

El reino de Israel nació como tal a finales del XI AC, y su primer rey fue Saúl. Su sucesor, David, fue el encargado de reconquistar Jerusalén, que seguía, con el nombre de Sion, bajo dominio cananeo. Pero el rey más destacado de esta época fue sin duda Salomón, que reinó entre el 965 AC y el 926 AC, aproximadamente, y que concedió al reino de Israel de una época de paz sin precedentes.

Tras su muerte, se suponía que iba a ser sucedido por su hijo Roboam, pero las tribus hebreas mantenían ciertas disputas, desembocando en una división del reino de Israel: el reino de Israel, en el norte, que fue formado por diez de las doce tribus hebreas, en concreto las que se rebelaron a Roboam. Era el reino más poderoso de los dos y su capital era Samaria. El reino de Judá, al sur, formado por las dos tribus restantes, y cuya capital era Jerusalén.

Sin embargo, esta división debilitó a ambos estados, que acabaron siendo conquistados. En concreto, Israel cayó ante los asirios en el 720 AC. Las diez tribus hebreas del norte fueron esclavizadas en tierras asirias, hasta su desaparición. Israel fue repoblada por los asirios. Otros judíos pudieron escapar al reino de Judá.

Pero Judá también cayó, en este caso ante los babilonios, que bajo el mandato de Nabucodonosor II, la invadieron en el 586 AC, arrasando ciudades como Jerusalén (incluido el Templo de Salomón) y expulsando a Babilonia (actualmente, Iraq) a miles de judíos como esclavos, mientras otros tantos huyeron a lugares como Egipto, Siria, Mesopotamia (actualmente, otra zona de Iraq) o Persia (actualmente, Irán), en lo que se conoce como diáspora, o dispersión del pueblo judío.

LA ÉPOCA DE LAS INVASIONES: Sin embargo, la cultura persa estaba en auge en Oriente Medio, convirtiéndose poco a poco en el gran imperio de esa zona. En concreto, el imperio Persa, bajo el reinado de Ciro II el Grande, conquistó Babilonia en el 539 AC, incluida Palestina. Ciro permitía a sus súbditos practicar sus propias religiones siempre que incluyeran la figura real en sus oraciones (y sobretodo, en sus donaciones), lo cual devolvió a los judíos a Palestina. En concreto, a través de Sesbasar, príncipe de Judá, que inició la reconstrucción del Templo de Salomón y gobernó Israel como provincia persa. A esta provincia se le llamó Yehud.

En el 331 AC el imperio persa sucumbe ante Alejandro Magno, y Palestina vuelve a cambiar de manos. Sin embargo, los judíos prometen lealtad al nuevo emperador, por lo que Alejandro Magno respeta sus ciudades sin apenas movimientos belicosos. Pero Alejandro Magno muere en el 323 AC y su imponente legado provoca una serie de guerras de sucesión en Macedonia, sobre todo, entre seléucidas ptolomeos. Israel llegó a cambiar de manos hasta en cinco ocasiones en esta época.

EL NUEVO REINADO JUDÍO: Tras las luchas contra los helenistas por mantener la religión judía, Judas Macabeo reconquista Jerusalén en el 164 AC y logra expulsar a los sirios, fundando un nuevo estado judío independiente en el 150 AC. La religión judía comenzaba a dividirse en diferentes sectas, tales como los saduceos, los fariseos, o los esenios, que fueron alternando el poder durante esta nueva época del estado de Judá.

Saduceos: Eran la casta sacerdotal más poderosa e influyente, y con toda seguridad la más odiada debido a la connivencia, cuando no la más abierta colaboración, con el invasor romano. Muchos estudiosos, sin embargo, consideran que su función tenía más que ver con la administración de justicia y el funcionariado que con aspectos meramente religiosos. Los saduceos, respecto de los fariseos, representaban el polo opuesto. De tendencias claramente conservadoras, negaban la inmortalidad del alma y la resurrección de la carne, despreciando otras muchas tradiciones y rigiéndose exclusivamente por el Pentateuco. Los saduceos ocupaban la mayoría de posiciones de poder, entre ellos la mayoría de los 70 lugares del Sanedrín, un concilio gobernante que, de hecho, se ocupaba más de asuntos políticos que religiosos. La revuelta del 66-70 d.C., con la destrucción del Templo y la disolución del Estado, trajo consigo el final de los saduceos.

Fariseos: Al contrario que los saduceos, hacían una interpretación mucho más estricta del judaísmo, por lo que sus postulados eran aceptados por la mayoría del pueblo judío. La caída del templo, que supuso la desaparición de los saduceos, significó también que el control del judaísmo cayera en manos de los fariseos. Consideraban herejes a la incipiente secta cristiana, negaban que Jesús fuera el Mesías y, por supuesto, su condición divina. Los fariseos entran en escena como una fuerza significativa, según relata Flavio Josefo, en tiempos de Juan Hircano, el sumo sacerdote al que se opusieron radicalmente. Podría decirse que los fariseos eran el partido más cercano al ideario cristiano que inició Jesús en Israel, sin embargo existieron diferencias, tanto en la interpretación de los textos como en los rituales de pureza, hasta tal punto que el término fariseísmo ha pasado a ser sinónimo de hipocresía, aunque es más probable que estas diferencias se manifestaran mucho más claramente en los tiempos en que se redactaron los evangelios –a finales del siglo I.

Esenios: Los esenios, tras la revuelta macabea, a la que prestaron su apoyo aunque en desacuerdo con los resultados finales, se retiraron al desierto bajo las órdenes de un nuevo líder; el Maestro de Justicia. Esto sucedía hacia la mitad del siglo II a.C. Se sabe, no obstante, de nuevo gracias a Flavio Josefo, que los esenios también vivían integrados entre el pueblo judío, teniendo incluso un barrio propio y propagando pacíficamente sus creencias. Se he especulado mucho sobre la pertenencia de Jesús a la secta de los esenios, incluso que estos fueran el germen del cristianismo, pero la ausencia de testimonios históricos –tampoco la Biblia los menciona en ningún caso– mantiene esta hipótesis en el campo de la especulación. El hallazgo de los Manuscritos del Mar Muerto ha avivado la polémica sobre la identidad de los esenios, aunque la información sigue siendo escasa. Algunos estudios recientes postulan que los esenios, después de todo, no fueron los autores de dichos manuscritos, por lo que la polémica continúa bien viva. Además de Flavio Josefo, también Filón de Alejandría y Plinio el Viejo mencionan a los esenios. Filon hace una descripción de su modo de vida: “Entre ellos no hay esclavos ni señores por estar convencidos que la fraternidad humana es la relación natural de los hombres. Poseen el don de la predicción del futuro, son extremadamente limpios y visten siempre de blanco.

Zelotes: Los zelotes, grupo fundado por Judas el Galileo, constituían el movimiento más beligerante de la época en respuesta a la ocupación romana. Más allá de los aspectos religiosos, los zelotes integraban el movimiento nacionalista más extremo con evidentes connotaciones políticas. Su objetivo era la independencia, y no precisamente por caminos pacifistas. Su enfrentamiento con saduceos y fariseos también era frecuente. Dentro del movimiento zelota estaban los sicarios, el grupo más radicalizado y cuyo nombre proviene de la “sica”, un pequeño puñal de la época con el que los sicarios asesinaban a sus enemigos. Flavio Josefo asocia a los zelotes, y particularmente a los sicarios, con la resistencia y el suicidio en masa que se produjo en el año 73 en Masada, antes de ser capturados con vida por los romanos. Uno de los personajes más relevantes de la historia, relacionado con Jesús, fue Judas Iscariote, para muchos eruditos, Judas el sicario. Otro personaje vinculado con Jesús fue Simón el Zelote. En esta misma línea, aunque los evangelios se han mostrado expeditivos en cuanto al rechazo de la violencia por parte de Jesús, lo cierto es que en el momento de ser prendido en el Monte de los Olivos, el grupo que acompañaba a Jesús iba armado.

 

LA OCUPACIÓN ROMANA: En el 63 AC, Pompeyo conquista Palestina para el Imperio Romano. La zona de los judíos es dividida en tres provincias, de norte a sur: GalileaSamaria y Judea. Judea, en concreto, fue dividida en cinco distritos, gobernados todos por la jurisdicción de un Sanedrín (un consejo de sabios dirigidos por un sumo sacerdote). Comienza una época de paz relativa, en la que Roma dota de cierta autonomía a la zona, tanto a nivel económico como a nivel religioso.

Sin embargo, esta independencia religiosa va perdiendo fuerza, y las leyes romanas van paulatinamente prohibiendo las diferentes celebraciones de ritos judíos, llegando a prohibir la lectura de la Torah o la celebración del Sabbath. Esto va provocando diversas revueltas, guerras entre judíos y romanos que desembocan en la Rebelión de Bar Kojba en el año 132 DC, provocada entre otras razones por los rumores que indicaban que el Imperio Romano pretendía crear un templo a Júpiter sobre las ruinas del segundo templo de Jerusalén, que había vuelto a caer en las anteriores batallas contra los romanos.

Akiba ben Iosef, dirigente del Sanedrín, nombró nasí (príncipe) a Simón bar Kojba,  que declaró la independencia frente al Imperio Romano. Israel se declaró estado independiente y así se mantuvo durante tres años. Pero los romanos prepararon la reconquista y enviaron numerosas tropas para arrasar la zona. Y así lo hicieron.

Se calcula que murieron más de 580.000 judíos, fueron arrasadas 50 ciudades y casi 1000 aldeas. Bar Kojba fue capturado y asesinado en el 135 DC. Jerusalén también fue arrasada, y para evitar el retorno de los judíos, los romanos construyeron sobre sus ruinas una ciudad romana: Aelia Capitolina. Para rematar el trabajo, sobre los restos del Templo de Jerusalén, se levantó una guarnición romana. Y esta provincia romana pasó a llamarse Palestina, como símbolo de humillación a los judíos, ya que era el nombre que habían utilizado los filisteos, antiguos enemigos de los judíos. La mayoría de judíos fueron asesinados, esclavizados o exiliados. La religión judía, prohibida. Y así fue hasta que en el siglo IV, Constantino el Grande permitió regresar a los judíos a Jerusalén una vez al año, el día 9 de av (decimoprimer mes de los judíos, que cae entre julio y agosto), para lamentar su derrota en el muro de las lamentaciones, que es el último fragmento de la muralla que rodeaba al Templo de Jerusalén.

El judaísmo bajo la dominación romana:

Tradiciones y leyes:

Tres doctrinas fundamentales de la tradición oral y sus corolarios –todas opuestas rigurosamente a la de los saduceos– tuvieron un papel esencial en el pensamiento y en la actividad de los judíos del primer siglo. Estas eran: primero, el sistema de Mitzvot; segundo, el Mundo por venir; tercero, la Resurrección de los muertos. Todas estas incluían ideas antiguas mezcladas con ideas nuevas.

De acuerdo a los primeros rabinos, cada hombre estaba obligado a cumplir con los mandamientos de la doble Torá: estos eran las mitzvot. La tradición posterior contó seiscientas trece mitzvot que el hombre debía observar en el día a día. En cierta forma, los líderes de la tradición oral consideraban las mitzvot como sacramentos; tal como Jesús las conoció y en las que creyó, todas ellas, grandes o pequeñas, debían realizarse con igual fervor, ya que según los maestros de la tradición, “No sabes qué recompensa te traerá la realización de las mitzvot”. La recompensa o, en caso de omisión, el castigo, serían repartidos, si no en la tierra, en la otra vida del alma, en el mundo por venir (olam ha-ba). Los fariseos habían concebido el mundo por venir como una respuesta a los problemas de teodicea que el Pentateuco y los saduceos habían dejado sin resolver, especialmente para los menos privilegiados. Además, los fariseos prometieron que los justos –aquellos con un elevado saldo de mitzvot en la pizarra celestial– serían favorecidos con la resurrección corporal al final de los días.

El objetivo de este sistema de pensamiento era, pues, de redención y profundamente escatológico. Aunque no podemos establecer exactamente qué creencias tenían los fariseos de la época anterior a la destrucción con respecto al final de los días, el término ‘reino de los cielos’, tan importante en la literatura rabínica, parece claramente haber formado parte de su cuadro conceptual, pero no se puede establecer cómo la tradición oral se relacionó con las ideas mesiánicas que se habían estado desarrollando en Judea durante varios siglos. Una cosa parece segura: cualquiera que haya sido la relación, la posición del liderazgo fariseo anterior al año 70 d.C. impidió que se enfatizaran los ideales mesiánicos.

Sin embargo, durante estas mismas décadas, la opresión y la inseguridad cada vez mayores convirtieron la vida en una pesadilla para algunos círculos cada vez más amplios de la población rural y urbana de Judea, y los portavoces del statu quo no podían dar una respuesta adecuada al dilema de los afligidos. Cuando el dolor y el hambre minaron sus fuerzas y obstaculizaron la realización de las mitzvot, unos se retiraron de la sociedad, otros buscaron una explicación para su suerte en la ideología del mesianismo, y otros tomaron ambos caminos.

La tradición mesiánica hablaba de la injusticia, los problemas y la angustia que presidirían el advenimiento del fin de los tiempos. Consecuentemente, trajo a los de abajo un mensaje de esperanza: aunque oprimidos, no habían sido rechazados; ellos habían recibido la señal para poder prepararse adecuadamente para la gloria próxima. Los realmente rechazados podían estar seguros de que eran sus complacientes líderes –‘los fariseos’ de los evangelios sinópticos–, indiferentes en su iniquidad, y para quienes la llegada intempestiva del Mesías sería la cancelación de sus privilegios y prerrogativas.

La diferencia entre los oprimidos y los líderes fariseos se puede observar bien en el caso de la clase de pequeños granjeros, los am ha aretz, quienes habían sido uno de los soportes de los fariseos para subir al poder. Al comienzo de la guerra contra Roma, la palabra am ha aretz había empezado a connotar la idea de ‘rústico’ y ‘patán’ para los líderes fariseos, y la antipatía entre los dos grupos se hizo tan violenta que al final del siglo Rabbi Eliézer pudo decir que estaba permitido matar a un patán incluso en un día del Perdón (Yom Kippur) que cayera en Sábado.

Una ideología es estable en la medida en que lo es la sociedad que la apoya. Incluso en épocas de máxima estabilidad, una sociedad engendra tendencias centrífugas, directamente relacionadas a las necesidades humanas. En épocas inestables, estas tendencias se canalizan en movimientos. Las fuentes nos muestran la aparición, casi de manera concurrente, de varios grupos (algunos, sin duda, con fundamentos anteriores), todos respondiendo a las presiones de la época por medio de la ideología de la Torá, y muchos por medio de las doctrinas básicas de la tradición oral.

Existieron grupos que buscaban refugio para el naufragante barco de la sociedad en una vida monástica, segura y regulada, indiferente a la búsqueda de ganancia y a la gratificación sensual, y preocupada por la pureza del cuerpo y del alma, la práctica de la ética y un régimen de contemplación, oración y estudio de la Ley. Grupos tales como los esenios, los representados en el Documento de Damasco, y la secta o sectas de Qumrán, son sorprendentemente similares entre ellos, y también similares a los Terapeutas, que según Filón, florecieron en Egipto dos siglos antes. Se diferenciaban entre ellas principalmente en detalles, tales como la extensión de su ascetismo, la duración de su noviciado, y la naturaleza de su gobierno. Los esenios incluían a grupos rurales y urbanos, la mayoría célibes, y algunos que formaban familias; otros grupos no tenían restricciones en relación a las mujeres. Los esenios en general eran pacifistas; los sectarios de Qumrán, en cambio, aparecen con cierta inclinación militarista. La mayoría de estos grupos creían firmemente en la llegada de un Mesías. Nuestras fuentes judías sobre los esenios hablan de su creencia en la inmortalidad del alma, pero nada sobre su escatología. El escritor cristiano Hipólito, a finales del segundo siglo o principios del tercero, nos cuenta en La Refutación de las Herejías que los esenios creían en la resurrección del cuerpo y en la llegada del día del Juicio.

El sentimiento apocalíptico era muy fuerte entre estos grupos y en otros que no se habían retirado del vértigo de la sociedad. Su creencia implícita en la Torá iba acompañada de la certeza de que los escritos de los profetas estaban destinados a la escena contemporánea. Estaban convencidos de que vivían en lo que la Misná llamará las “huellas del Mesías”, y buscaban afanosamente el advenimiento del nuevo orden. Los escritos están llenos de visiones de venganza y realizaciones que compensarán la triste realidad de sus vidas.

Las doctrinas de los apocalípticos son a menudo similares a las de la tradición oral; los autores de algunas de las visiones pueden muy bien haber sido partidarios de la doble Torá. Las dos tradiciones no tienen necesariamente que haber sido mutuamente excluyentes, por más hostiles que hayan sido sus respectivos grupos líderes. El mismo cuerpo de doctrinas que sirvió a los fariseos como fuente de estabilidad puede haber sido tomado por los apocalípticos para servir a gentes en la agonía de la desesperación. En verdad, algunas de las doctrinas de Jesús están muy cerca de las de un ‘fariseo apocalíptico’.

Instituciones básicas de la época anterior a la destrucción:

La primera entre estas era el sacrificio del Templo en Jerusalén, atendido por los sacerdotes pero supervisado durante el primer siglo por los defensores de la doble Torá. Los líderes fariseos agregaron un elemento nuevo al servicio. El estamento de los sacerdotes tradicionalmente estaba dividido en veinticuatro grupos, que se alternaban en el servicio litúrgico, y cada uno oficiaba durante una semana. Los fariseos crearon veinticuatro grupos o turnos, conocidos comoma’amad, que se correspondían con los de los sacerdotes. Cada uno tenía autorización para mantener algunos observadores en los sacrificios durante una semana entera. El resto de la ma´amad se reunía diariamente en el salón de la comunidad para realizar lecturas y oraciones apropiadas. Esto, además de modificar la costumbre de épocas anteriores, proporcionó la situación más propicia para el nacimiento de una institución desconocida en la literatura hasta los días de Ben Sira, y que se llama, en el judaísmo posterior, ‘la casa de estudio’ (bet-ha-midras), y la ‘casa de oración’ (bet-ha-tefil-lah), una institución que conocemos a través del griego como ‘sinagoga’. (Es probable que la palabra ‘sinagoga’ se haya referido primero a la congregación misma que se reunía con propósito de orar más que al edificio donde se reunían). Durante el primer siglo, las sinagogas florecieron en toda Judea y en el exterior: había una incluso en la Sala de Salomón del Templo.

Ya antes de conseguir el poder, parece que los fariseos establecieron organizaciones y escuelas para la transmisión y desarrollo de la tradición oral, y sentaron las bases para un sistema de tribunales locales. En la cima de esta estructura estaba el bet-din ha-gadol, el Gran Tribunal, que no debe confundirse con la corte suprema Gran Sanhedrín, anterior al año 70, que estaba presidida por un saduceo, el Sumo Sacerdote mismo. Si la tradición recogida en la Misná es correcta, un oficial conocido como el Príncipe o Patriarca (Nasí) presidía el Gran Tribunal. Representaba a la facción mayoritaria del partido fariseo; su vicario, denominado el Padre del Tribunal (av bet-din), representaba al grupo minoritario. La Misnáregistra los nombres de cinco de estas ‘Parejas’ (zugot), que terminan con los conocidos Hillel y Shammai, a los comienzos del primer siglo. En unos casos, el Nasí parece haber sido conservador; en otros, sobre todo a partir de mediados del siglo primero a.C. con el reinado de Salomé Alejandra, parece que el líder del ala liberal encabezaba todo el partido. El título de rabbi (originalmente ‘mi maestro’) parece haberse convertido en la designación oficial de los maestros de la ley dentro del tribunal y sin duda fuera de él; el Nasí era llamado rabban (‘nuestro maestro’)

La halajá

Dante de Sanzzi 01

De las instituciones de los fariseos surgieron grandes logros ideológicos para el judaísmo en la época anterior a la destrucción: el desarrollo de la Ley Oral en recopilaciones de procedimientos y prácticas. Estos procedimientos y prácticas se conocen como halajá.

En los círculos judíos de hoy, la palabra halajá ha adquirido una connotación de aseveración perentoria o de una ley concluyente. Esta no es la connotación o la función de la halajá durante el primer siglo. La halajá representó la aplicación de la dinámica y liberalizadora Tradición Oral a las exigencias de la vida diaria. Tradicionalmente se dice que halajá es un regreso al Sinaí, y por eso ciertas prácticas que no se pueden atribuir a maestros posteriores, son llamadas ‘Halajot dadas por Moisés desde el Monte Sinaí’. Sin duda, explicaciones tradicionales de la Ley Escrita habían existido en tiempos bíblicos y en la época hasmonea, pero estas se pueden llamar ‘halajot’ solamente de modo retrospectivo desde el primer siglo, cuando la práctica rabínica tal como la conocemos hoy comenzó su exuberante crecimiento.

A modo de tentativa, podemos dividir la compleja historia de la primera halajá en cuatro etapas sucesivas pero cronológicamente superpuestas, de forma que cada una coexiste un tiempo con su sucesora.

En primer lugar, comenzando con el período de los hasmoneos (150 a.C.), o tal vez un poco antes, los fariseos adoptaron primero interpretaciones ad hoc de la Torá, enunciaron otras y comenzaron a transmitirlas por medio de la tradición oral.

Segundo, comenzando con el período romano (64 a.C.), los fariseos desarrollaron nuevas halajot a partir del Pentateuco mediante la exégesis (o midrás en su primer sentido). Los primeros fariseos conocidos como exegetas fueron Semayá y Abtalión, quienes tuvieron su apogeo alrededor de año 50 a.C. Pero el mayor impulso a la actividad exegética lo dio Hillel de Babilonia, príncipe o Nasí desde alrededor del año 34 a.C. hasta el año 10 d.C. Hillel presentó el uso efectivo de la primera de las reglas hermenéuticas por medio de las cuales evolucionó la halajá. La presentación de estos principios hizo posible desarrollar la Ley Oral tanto por lógica como por tradición de autoridad, dando incluso preferencia a esta autoridad, y las fuentes muestran evidencias de la lucha entre los tradicionalistas y los exegetas.

Tercero, comenzando en los últimos días de Hillel, y continuando hasta la destrucción, se dio la proliferación de la halajá y la lucha por su control entre las alas liberales y conservadoras del partido fariseo: los hillelitas y los shammaítas respectivamente. La literatura guarda más de trescientas de sus controversias.

Cuarto, poco después de la destrucción del templo, comenzó un programa para controlar la dirección del crecimiento halájico, al someter la halajá a la nueva autoridad centralizada que se estaba desarrollando en el judaísmo. Esta tendencia culminó entre finales del segundo siglo y principios del tercero con la compilación de la Misná bajo el auspicio de Rabbí Judah el Príncipe (circa 217 d.C.).

Los hillelitas liberales eran universalistas y ardientes partidarios de Roma; los shammaítas conservadores eran nacionalistas y, como mucho, ambivalentes hacia Roma. Los shammaítas parecen haber realizado la revolución contra Roma a mediados de los sesenta y, en el furor temprano de la rebelión, haber arrebatado el poder a los hillelitas. En una especie de Parlamento, reunido por el líder shammaíta, Hananíah ben Hezekiah ben Gorion, en la ‘estancia superior’ de su casa (lo cual da pie, supongo, para que se la llame la primera Conferencia Cumbre), los shammaítas, que estaban en mayoría frente a los hillelitas, promulgaron decretos a su favor.

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